Cuando echo la vista atrás, veo con claridad cómo todo lo que me ha ocurrido me estaba llevando siempre en una misma dirección: la ayuda a las personas y a su bienestar.
Nací en la ciudad de Granada, y durante esos años creí que nada podría separarme de ella, de la visión de la preciosa Alhambra en mis paseos por el centro de la ciudad, de la silueta de Sierra Nevada siempre de fondo, de mis padres y mis hermanos… Pero la vida tenía un propósito para mí, o mi alma tenía su camino claro, que era traerme a Barcelona. Y siento un enorme agradecimiento a esta tierra que me acogió, y me ofreció todo lo que necesitaba para aprender y desarrollarme.
Y así, a los 23 años, me fui de casa por amor, pero pronto descubrí que, esa persona, sólo fue el intermediario que la vida buscó para darme la fuerza de separarme de mis raíces. Y, cuando esa relación terminó pronto, algo dentro de mí me decía que tenía que quedarme, que, por muy doloroso que fuera estar separada de los míos, había un motivo para permanecer aquí. Y, aunque tardé tiempo en descubrirlo, todo lo que fue ocurriendo, las personas que fueron apareciendo, los libros que fueron cayendo en mis manos, los cursos que fui haciendo… me iban llevando, sin yo saberlo, a ser la que soy ahora, a dedicarme a mi sueño que, siempre fue, acompañar a otras personas cuando lo están pasando mal.
Recuerdo que mi madre, de niña y de adolescente, siempre bromeaba diciéndome que montara un consultorio, porque me pasaba horas escuchando los problemas de mis amigas y amigos, y dándoles consejos o simplemente escuchando mientras se desahogaban.
También recuerdo la primera vez que, siendo muy niña, vi una mujer llorando sentada en el suelo, y yo deseé, con todas mis fuerzas, tener una varita mágica para aliviar su sufrimiento.
Así que, parece ser que, tal como lo suelo expresar “yo he venido para esto que hago”. Y sonrío al escribirlo.
Y en 2018, cumplí mi sueño de tener un espacio propio, en el que he puesto todo mi cariño, para que todas las personas que entren en él se sientan acogidas y cuidadas.
Aunque no tengo esa varita mágica que deseaba, llevo más de 15 años disfrutando del privilegio de acompañar personas y, para mí, es un regalo poder compartir a un nivel tan profundo sus procesos de vida.
Doy gracias a todas ellas por haber confiado en mí, y por mostrarme cada día todas las vertientes del ser humano.
Creo en las personas y en su capacidad para superar las dificultades y tener una vida más plena, si así lo desean.
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